En su origen, esta sidrería se ubicaba en un diminuto local de la calle Alfonso I en el que la fiel clientela soportaba las apreturas de espacio con tal de disfrutar de la excelente oferta culinaria, basada en guisos tradicionales, deliciosa y laboriosa casquería y un paraíso para micófagos. El anterior propietario se trasladó a otro local más espacioso en el barrio de La Arena, y en esas condiciones Javier Varela se hizo cargo del negocio en abril de 1998. Supo conservar la clientela manteniendo con igual calidad los guisos que hicieron tan popular a esta casa excepto las setas (materia delicada de trabajar si no se ex un verdadero experto) e incorporando, sin salirse de la línea tradicional nuevos productos como el bacalao, menos habitual en la restauración asturiana que hoy en día y cierta especialización en arroces.

Lo único que seguía sin crecer era el local, así que en solo tres años se trasladó conservando el nombre a su ubicación actual, una sidrería con espléndidas instalaciones que en años no había conseguido despegar, y que se llenó a la semana de su reapertura.

Con una infraestructura moderna y holgada, ya se puede permitir ampliar su oferta con pescados y mariscos asequibles (llámpares, berberechos, navajas, mejillones, almejas, gambas»¦)

Cada día de la semana se prepara un guiso, siempre apetitoso: manos de cerdo los lunes, pote asturiano los miércoles, Patatines con pulpo los jueves) y siempre unos espléndidos callos caseros y fabes, con almejas o con rabo de toro.

Los arroces (con almejas, con bacalao o con bugre) gozan de gran predicamento. Siempre cuenta con buenos pescados del Cantábrico y por supuesto un excelente bacalao (a la vizcaína o al horno) que también se encuentra en la carta de raciones en forma de fritos o de tacos con jugosas verduras rehogadas. En este apartado se ofrecen otras suculentas propuestas; el pulpo amariscado es de las más populares, pero no desmerecen los calamares en su tinta, el más ligero espárrago relleno, las cebollas rellenas de bonito, ricas tortillas (de merluza y oricios, de bacalao y puerros o de pimientos y puerro) fritos de pixín y merluza o un suculento hígado de ternera encebollado o al ajillo.

Las carnes de buey tienen también mucha aceptación y no digamos el exquisito y económico rabo de toro estofado, sin olvidar la caza mayor y menor.

Los vinos de una carta oportuna y sidra de Peñón a«sgaya  riegan las viandas, hasta llegar al postre que bien puede ser la casera Tarta de la Abuela.