Se inició en la hostelería, casi adolescente, en un popular merendero gijonés. Luego pasó por restaurantes de prestigio donde diligente, atento y permeable, se empapó como una esponja de todo cuanto interesa para el buen desarrollo del oficio para después construir con sus propias manos, ladrillo a ladrillo, con la única ayuda de un albañil, su propio restaurante en una finca de la familia y aún encontraba tiempo  para leer libros de cocina y practicar junto a su esposa Ana Elvira en los fogones y asistir a cursillos. Hoy aquel restaurante levantado con tanto esfuerzo y sometido luego a sucesivas reformas y mejoras es uno de los más acreditados y concurridos de Gijón. Caldo de cultivo propicio para la soberbia y la altivez y sin embargo José Miguel Martínez no ha perdido una pizca de humildad y modestia, origen sin duda, junto con la laboriosidad, de su éxito mantenido y creciente. Desde la cocina, centro neurálgico de Los Nogales, dirige toda la intendencia, mientras corta el pescado (vendría aquí muy a cuento decir que es «el que corta el bacalao» de no ser que el exquisito gádido apenas tiene presencia desplazado por los pescados frescos) o se ocupa del horno. Su presencia física sin embargo, es apenas perceptible. Solo al final del servicio aparece discretamente por el comedor desprovisto de cualquier atributo ostentoso para interesarse por el grado la satisfacción de los clientes.  Los guisos caseros y la plancha -que la domina a la perfección- son cosa  de Ana Elvira, y la repostería y otros platos que también requieren elaboración más compleja de Roberto Molina.

Puede ser la enjundiosa Ensalada de bacalao; nacaradas láminas del pez ahumado orladas por gajos de sabroso tomate a la plancha y coronadas en el centro por una especie de suculenta escalibada que como entrada bien da para dos comensales; igual que el jugoso Revuelto de oricios con langostinos. El marisco fluye con abundancia, y es un espectáculo ver pasar a los camareros con grandes bandejas que portan centollos,  langostas o bogavantes que trinchan con pericia ante el cliente (casi una curiosidad en un tiempo en que los mariscos y pescados o se sirven emplatados en la cocina, o se echan en la mesa y allá cada uno se apañe), un equipo de sala muy profesional, eficaz y atento sin distinciones ni privilegios. (En una ocasión presencié como entraban en el comedor principal -con maravillosas vistas a la campiña gijonesa- dos clientes de apariencia un tanto tosca y se dirigían  a una de las mesas del centro, la típica mesa florero que todo el mundo evita; solícito se acerco el camarero y les ofreció otra más acogedora vecina a la que yo ocupaba. Rápidamente el comedor se fue llenando hasta que solo quedó libre la mesa del centro que ocuparon otros dos clientes que por su indumentaria y modales distinguidos, seguramente en otro lugar hubieran sido recibidos con actitud más servil que la que se dedicó a los primeros).

Merecen la pena los arroces (recomendaré sin reservas el sabrosísimo Arroz con almejas; o almejas con arroz, pues una docena bien contada de excelentes piezas del bivalvo dan gusto sin estorbar a una mesurada porción del cereal. Entre los pescados suelo preferir las preparaciones a la plancha (soberbio el cogote de merluza) que cuando se domina como es el caso, exalta sin disfraces la calidad y esencia del producto. Esta vez por variar me decidí por una lubina al horno, suculenta y sabrosa, que no desmereció en absoluto.

Aunque los frutos de la mar casi monopolizan la carta y a Santurio llegan bien los aires del mar que desde algunos lugares de la parroquia se divisa, el verdor del entorno también invita a la degustación de carnes; y qué mejor que las que se alimentan de los pastos que están a la vista y que José Miguel se ocupa de cuidar personalmente; reses de 24 a 30 meses que maman de sus madres y pastan plácidamente en los prados próximos; y «pitos» de la propia granja que se preparan exclusivamente por encargo y que vienen a dar para seis buenas raciones. También por encargo se prepara la fabada hecha con compango de la matanza de casa.

Los postres, elaborados y presentados con esmero, son un deleite para golosos, siempre que se hayan cuidado de dejar un hueco para el final, asunto menos fácil de lo que pudiera parecer pues las raciones suelen ser copiosas.

Con una clientela de gustos clásicos y alto poder adquisitivo, se podría resolver la bodega con un sota , caballo y rey (de oros); dos docenas de prestigiosos tópicos; sin embargo la carta ofrece un amplísimo abanico de opciones que abarcan diversos tipos de vino, zonas de producción y precios.

En fin, una propuesta hostelera basada en la honestidad y la permanente superación para satisfacer al cliente.