En la actualidad cada vez parece más claro que existe una estrecha correlación entre determinadas poblaciones microbianas intestinales y la salud. El tracto gastrointestinal humano está colonizado desde el nacimiento por una compleja y diversa colección de microorganismos. De forma reciente, se han descrito más de 1500 especies bacterianas, de las cuáles unas 30 ó 40 representan el 99% de los microorganimos, y constituyen lo que se ha dado en llamar la “flora microbiana normal”. La flora microbiana normal es un delicado equilibrio que puede variar entre los grupos humanos e incluso de persona a persona, debido a diferencias específicas entre individuos o a costumbres alimenticias diferentes. Los constituyentes de esta microflora (este término se ha sustituido recientemente por el de microbiota) ejercen una gran influencia en muchas características bioquímicas, fisiológicas e inmunológicas del huésped en el que residen. Presentan también gran importancia médica, dado que componentes de la microbiota normal pueden causar infecciones cuando se establecen en regiones distintas de la gastrointestinal.

Entre los componentes destacados de esta microbiota se encuentran las bacterias ácido-lacticas. Ya en el año 1907, el famoso postulado de Iliá Méchnikof –sustituir la putrefacción intestinal por una fermentación-, suponía a las bacterias lácticas un papel importante para mantener la salud y alcanzar la longevidad. Este postulado mucha más repercusión que los descubrimientos por los que el científico ruso alcanzó el premio Nobel en 1908. El beneficio de las bacterias lácticas se produciría a través de múltiples mecanismos, entre los que cabe mencionar el antagonismo contra microorganismos dañinos, la ocupación física de los lugares de la mucosa donde se anclan las bacterias patógenas para causar enfermedad y la producción de compuestos beneficiosos (vitaminas, ácidos grasos de cadena corta, etc.). Asimismo, la asociación de las bacterias lácticas con el huésped estimula el sistema inmunológico de éste, lo que contribuye a mantener y prolongar el estado saludable. De igual modo, estos tipos microbianos pueden participar en la degradación de compuestos tóxicos, la eliminación de sustancias cancerígenas, mutagénicas, etc.

En este contexto, los “probióticos” se definen como “suplementos alimenticios con bacterias vivas que cuando se ingieren en cantidad suficiente proporcionan un beneficio en la salud del consumidor”. La utilización de cepas de lactobacilos intestinales como probióticos se remonta a los años 30. En la actualidad, además de lactobacilos se utilizan distintas bifidobacterias y otros muchos tipos microbianos. Junto al término probiótico, ha aparecido recientemente el término “prebiótico” designando “los ingredientes alimenticios no asimilables por nuestro intestino que promueven el crecimiento de las bacterias intestinales beneficiosas (bifidobacterias y lactobacilos)”. De igual forma, junto a probiótico y prebiótico, ha ido apareciendo toda una serie nueva de términos (bioterapéuticos, nutraceuticals, alimentos colónicos, alimentos médicos, etc.) conformando en conjunto lo que se ha dado en llamar “alimentos funcionales”. Una de las acepciones más aceptadas, el término indica aquel “alimento modificado o ingrediente alimentario que provee un beneficio para la salud además de satisfacer los requerimientos nutritivos tradicionales”.

En muchos países, entre ellos España, este tipo de alimentos no tiene todavía definición legal, a pesar de que alimentos con estas características se publicitan ampliamente en los medios de comunicación y se llevan vendiendo desde hace tiempo [desde ingredientes tan comunes como la sal yodada, las leches con adición de calcio o vitaminas, los yogures con bifidobacterias (bífidus activo), hasta alimentos de nueva generación como leche con grasa vegetal, leches enriquecidas en ácidos grasos W-3, leche con fructo-oligosacáridos, zumo de naranja con calcio, leches acidificadas con bacterias especiales (Actimelâ de Danone, con Lactobacillus casei; Lc1â de Nestlè, con Lactobacillus acidophilus; Lc1goâ de Nestlè, con Lactobacillus johnsonii y diversos componentes prebióticos; etc.), y otros muchos]. El paraíso de los alimentos funcionales es Japón donde, con un estatuto legal reconocido y etiquetado específico, se hallan aprobados más de 80 alimentos diferentes como bebidas con fibras, azúcar de mesa con oligosacáridos, carnes con polialcoholes, bebidas con proteínas que inhiben la absorción de colesterol, chicle de mascar con colina, arroz no alergénica, leche baja en fósforo, huevos sin colesterol, etc., etc.

Varias son las razones por las que estos productos están alcanzando gran popularidad. Entre ellas podemos mencionar, como ya dijimos, la percepción por los consumidores de la relación que existe entre alimentación y salud, la importancia de prevenir la enfermedad antes que curarla (muy relacionada también con el aumento del gasto médico y farmacéutico), los retos y riegos cotidianos del ambiente a los que nos enfrentamos a diario y de los que cada vez somos más conscientes (contaminantes, pesticidas, microorganismos patógenos, etc.) y –cómo no- el deseo generalizado de una vejez larga y en un estado autónomo y saludable. La utilización de los alimentos funcionales de una manera más racional requiere sustentar su eficacia mediante una mayor y más profunda evidencia científica.

Baltasar Mayo

Instituto de Productos Lácteos de Asturias (CSIC)