Para ocultar el antiestético pilar que sustenta el techo en el mismo centro, el artista maliayés Pablo Maojo ha realizado una escultura ensamblando trozos irregulares de tosca madera que representa un manzano; una obra con su sello inconfundible que trasciende la función estética para convertirse en elemento icónico de un singular y novedoso concepto de sidrería donde se armoniza lo tradicional y lo moderno manteniendo la identidad cultural sin necesidad de recurrir a llamativos excesos folclóricos.
La sidra es la estrella y todo el entramado se concibe para ensalzarla: un servicio altamente profesional que sugiere y escancia, ambiente confortable y desenfadado, decoración moderna con materiales rústicos y platos en los que se alterna la creatividad con los típicos de chigre de toda la vida, pero con ingredientes de calidad y ejecución de alta cocina.

Manzano

Veinte palos de sidra tradicional con D.O.P, seis de natural filtrada, nueve espumosas y un pequeño espacio para sidras europeas de Alemania, Francia y Reino Unido, conservadas y servidas en su punto preciso de temperatura. Para quien prefiera vino, también hay una selecta representación de caldos españoles y, por supuesto, asturianos.
El espacio principal de la sidrería se complementa con un elegante y recoleto comedor (aquí la sidra no se escancia por razones obvias) y un amplio salón para espichas con toneles en la pared y amplias mesas para grupos.
El creador de este paradigmático concepto, no es otro que Jaime Uz, que ha trasladado aquí a dos valiosos colaboradores de Arbidel, Alexis Fernández al frente de la sala y David Castroagudin como responsable de los fogones, de donde salen creaciones antes propuestas en Arbidel junto a especialidades típicas de sidrería a veces más afinadas, pero todas en perfecta armonía con la bebida regional.
Por unos 25€ por persona se puede disfrutar de una satisfactoria experiencia compartiendo especialidades sofisticadas como el Guiso de callos de bacalao y cangrejo de concha blanda, el Repollo relleno de carrillera ibérica, el Bocarte relleno de cabrales y vinagreta de manzana”, el Pixín almendrado y emulsión marina; tradicionales como la Tortilla de merluza al pil-pil, una versión particular del clásico jamón asado, o los modestos pollo, o costillas fritas al ajillo, siempre con una atractiva presentación propia de un restaurante gastronómico. La cuenta puede subir si nos decantamos por los pescados o mariscos, de precios necesariamente más elevados aunque razonables: Bacalao con centollo guisado al pil-pil, Centollo preparado y sus interiores ligados, Chopa a la sidra con almejas, Pixín asado con su refrito tradicional o lo que cada día traiga el pescadero (en mi visita pude probar un fresquísimo lomo de lubina con almejas sobre un Bloody Mary). Variada oferta de mariscos entre los que se encuentra el Centollo preparado y sus interiores ligados, ñocla a la sartén o a la brasa, andaricas, bogavantes, berberechos (al limón o fritos), navajas, mejillones y un largo etc. para todos los gustos.
Los amantes de las carnes a la brasa tienen unas asequibles costillas de angus con mole poblano, la suculenta panceta melosa y rustida de setas, o cortes más selectos como el chuletón de vaca vieja (con patatas, pimientos y lechuga) o el solomillo de ternera en su jugo y puré de patata.
Los postres, muy elaborados, aunque aparenten sencillez, se alejan de excesos dulzones y empalagosos (me resultó muy grata la tarta cremosa de queso con agradable regusto amargo compensado con el helado especiado que lo acompaña y el chupito de sidra de hielo de Panizales).
En el salón de espichas se ofrecen cuatro largos menús entre 29 y 52 euros con sidra a volonté escanciada desde los toneles (vino o cerveza para quien lo prefiera), café y chupitos incluidos.
En definitiva, Lena supone un espacio gastronómico donde los amantes de la sidra pueden disfrutar de una diversa oferta gastronómica en la que conviven en armonía la tradición y la modernidad.

Jamón asado