por José Manuel Vilabella

Las cuestiones cubanas –no me atrevo a decir el laberinto habanero- son ambiguas por naturaleza. Se puede visitar la isla dos docenas de veces y defender, tan guapamente, una tesis o la contraria. Ser un enemigo del castrismo y un admirador de Fidel o viceversa. Cuba, La Habana y el pueblo cubano nunca han dejado indiferentes a sus visitantes. Cuba no es una isla cualquiera, es la Isla por antonomasia. El amor, y esta palabra es elástica como la tripa de Jorge, se puede llamar fascinación, mensaje, “mi tío tuvo una ferretería en Camagüey” o “yo, aquí donde me ve, quise como un loco a una cuarterona que se llamaba Rosita que tenía ¿sabe usted?, el culo así de grande”.

El genenista don Libertad Mínguez entiende de tabacos, sabe de enfermedades cutáneas y se fuma cinco robustos diarios porque el tiempo no pasa en balde y el comatoso anciano, ay, ya no es el que era. Conoció a Hemingway,  el Ché Guevara le gritó un día en plena refriega: ¡Qué grande eres, compañero!, y Fidel le apartó  con una cierta rudeza de un balcón porque no le dejaba otear el horizonte.

–¿Y dice usted, señor Vilabella, que por aquí pasaron sus mayores para hacerse inmensamente ricos? –me pregunta por encima de los lentes entre incrédulo y burlón y con una sonrisa en los labios.

Un servidor carraspea, recompone la figura, da una larga chupada al minúsculo panatela y se explica.

–Sí, señor, como en tantas familias gallegas.  Pero ellos, por desgracia, no lo consiguieron, fracasaron siempre; acaso porque no tenían vocación de millonarios. Mi bisabuelo Pedro, que estuvo en Cuba en 1859, tuvo un esclavo que se llamaba Jeremías; se vio obligado a malvenderlo para poder pagar el pasaje y regresar a Meira, ¡cómo lloraba el africano  al verlo marchar!; lléveme con usía a la metrópoli, decía el desdichado; don Pedro Vilabella jugaba a la brisca con su propiedad y los dos se iban de lupanar como colegas y bebían ron a morro de la misma botella. En mi familia siempre hemos sido muy democráticos. Treinta años después mi abuelo Dositeo llegó con reloj y leontina de oro y todo lo perdió  por el dichoso volver, por la nostalgia lucense que le acogotaba, y mi padre, allá por los años veinte, fue crítico de teatro en el Diario de la Marina. Los tres regresaron a la madre patria hechos unos fracasados y más pobres de lo que habían llegado, pero los tres contaban, mentían, recordaban, exageraban y cantaban habaneras. Uno es, por decir algo, como un cubano frustrado y siente la melancolía de lo que pudo haber sido y no fue.

–¡Ah! –exclama don Libertad; esta vez sin ironía.

El firmante llega en esta ocasión a La Habana para fumar puros, lo llevan los ejecutivos de Altadis en vuelo regular y en primera clase con un grupo de jóvenes periodistas. El autor podría ser el abuelo de la mayoría.  “¿Tu crees que nos siguen?”, le pregunto a una compañera con la que hice buenas migas cuando paseábamos por la calle del Obispo para comprar guayaberas. “Claro, en estos momentos alguien nos mira y tal vez nos fotografíen”. Me vuelvo y sólo veo a un turista alemán y a un mulato que silba que la cucaracha ya no puede caminar. Las cuatro plazas habaneras están bellísimas, reconstruidas, impecables. Lo hacen con dinero de la UNESCO. El resto de la ciudad se desmorona; parece que además del tornado de las 7:40 hubiera pasado –como suele hacerlo con puntualidad inglesa- el huracán del último verano.

El cubano es estoico y duro, vive en un mundo surrealista y se las ingenia para sobrevivir. Es un cóctel  de idealismo con unas gotas del mejor cinismo, mucha paciencia, una cierta pereza, la angostura del son y la tristeza del bolero. En todos los sitios alguien canta Lágrimas negras. El verbo “resolver” es una filosofía que no precisa de explicaciones complementarias. “Estoy resolviendo”, lo implica todo: encontrar café, reparar un despertador, conseguir un televisor, tener una nevera, arreglar un motor, cambiar una casa por otra. Tienen cincuenta años de experiencia. Son los náufragos más viejos y alegres del mundo.

Para ser autoridad en Cuba hay que ser un anciano, pero un anciano resistente, bruñido, como era  Compay, como lo es Alejandro Robaina. El régimen cubano y la filosofía Vaticana tienen mucho en común. La senectud, la crueldad de los cardenales, el atroz inmovilismo de los viejos. Los comandantes y los purpurados tienen el mismo perfil, la misma mirada acerada. La generación perdida  -los que se acercan a los sesenta años- serán viejos cuando los tiempos mejoren y ahora, en cambio, son demasiado jóvenes para acceder al poder. No estuvieron en Sierra Maestra pero sí en las guerras menores, en el Congo, en Angola. Comemos en la Casa del  Habano en una mesa larguísima, interminable. Allí está Carlos Herrera. “Un amigo de Lorenzo Díaz es también amigo mío”, me dice al estrecharme la mano. Me siento enfrente de un periodista local para escuchar sus historias. “¿Sabe usted cuánto valen los huevos de un cubano?”, me pregunta. Se refiere a la guerra de Angola. Me explica que pagaban dos mil dólares pero que había que adjuntar, con lo genitales, la placa de identificación del combatiente muerto. La suciedad atroz de las batallas; en África ya no son caballeros los generales.

Vemos todo el proceso del puro. Desde las plagas de la planta al empaquetado. Doscientas operaciones distintas, todas delicadas y manuales, pueden dar al traste con la maravilla. Los  fumadores de puros con posibles, la gentecita bien de la vitola, siempre se reunieron en La Habana allá por el mes de febrero para darle la bienvenida a la nueva cosecha, ver el género y requebrar a la torcedora: ¡Qué guapa eres, Encarnación! Desde hace una década la reunión la patrocina Altadis. Viajamos a Pinar del Rio para rendir pleitesía al  sumo pontífice del puro, a Alejandro Robaina. El anciano veguero tiene montado en su finca un negocio donde se come, se bebe, se canta y se fuma y  donde los devotos se fotografían con el hombre-puro, el rey de las capas, la sonrisa  del régimen. Un autobús impecable nos lleva en pocas horas por una autopista singular. En los arcenes pululan los cubanos, van y vienen en bicicleta, el viejo taxi averiado echa humo, a un grupo de caminantes les alcanza la noche lejos de cualquier sitio. ¿A dónde irán? Paramos en un área de servicio y la propina de un peso convertible a la señora de los retretes se convierte en sonrisa y en gratitud cuyo recuerdo el tiempo transforma en tristeza.

Los turistas, los viajeros e incluso los viajantes que lleguen a La Habana deberán homenajear a don Ernesto y recordar en su honor –no hace falta haber leído el libro- El viejo y el mar. Nos imaginamos al escritor saliendo del Hotel Ambos Mundos, diciendo buenos días a los viandantes; el hombre está cascado, renquea, la novela –una que nunca llegará a escribir- le bulle en la cabeza grande y cana donde los personajes van a vienen por las calles de la Habana vieja con sus pasiones a cuestas. En la  Bodeguita del Medio se toma tres mojitos, paga, mira la vuelta y deja unas monedas en el platillo. En la entrada se encuentra a don Libertad  Minguez vestido de marinero, con su trajecito de primera comunión hecho un pena. ¿Me das un dólar, míster? –le pide con descaro el mulatito. Don Ernesto le acaricia la cabeza y sigue su camino. Se va, claro, al Floridita, al daiquirí, al me pones un daiquirí, Marcelino, al ¡Tomás, coño, ponme otro que estoy sediento!  Todo permanece como entonces salvo que don Ernesto, en bronce bruñido, mira a los turistas desde un rincón de la barra y que todas las orquestinas de la isla interpretan, sin saber por qué, Lágrimas negras.