Peruyes (Cangas de Onís) Tel 985 922 263

A mi buen amigo José Manuel Vilabella, que hizo la primera guía de restaurantes que se publicó en Asturias, le tengo oído lamentar que por haber sacado a la luz muchos de esos rincones encantadores y anónimos -de los que ya van quedando pocos- que atesoraban los ancestros de la cocina (unos huevos de casa, los chorizos de la matanza y unas patatas de la propia huerta fritas con esmero maternal por las mujeres de la casa, y si acaso algún glorioso pote o paciente guiso de los gallos o conejos de su corral), cargaba sobre su conciencia que aquellos encantadores establecimientos se hubieran masificado y sufrido  un incremento en los precios inversamente proporcional a la calidad de los productos y a la calidez del trato.
No se arrepienta mi ilustre amigo, de haber cumplido con la obligación que tenemos los que andamos en estos menesteres de la crítica, el periodismo gastronómico, o como diablos convengamos en llamarlo, de servir de exploradores que despejamos el camino a quienes nos siguen, pues cuando aquello sucede no hay más culpable que la codicia -y a veces la soberbia- de quienes no ven más allá de sus propias narices, y que a las personas inteligentes y honestas, el favor del público le sirve de estímulo para profesionalizarse, mejorar lo mejorable y ofrecer una satisfacción aún mayor a sus visitantes sin perder por ello las raíces ni subirse a la parra.
Al Molín de Mingo (un buen ejemplo de lo antedicho) se llega tomando en la carretera que va de Llovio a Arriondas la desviación que a la izquierda – donde comienza la recta de Margolles- lleva a la aldea de Peruyes y pasada esta, continuando unos pocos kilómetros (no importa cuantos, porque aquí las dimensiones de tiempo y distancia se relativizan) por la sinuosa y angosta carretera que aún se estrecha y se torna camino asfaltado que discurre por el monte entre espesuras boscosas y una infinita gama de verdes. En este pintoresco y bucólico lugar  permanece el viejo hórreo, bajo el que se acondicionó un pequeñísimo y coqueto comedor en el que desde hace unos cuantos años se sirven los potajes y guisos genuinamente asturianos hechos  con el producto de la matanza casera, la granja y la abundante caza mayor. La creciente afluencia de visitantes de todos los lugares, atraídos por el encanto del lugar y la excelencia de su cocina, animó a esta emprendedora familia a habilitar la cuadra de piedra con un rústico, pero moderno y confortable comedor, y una amplia y bien equipada cocina donde Dulce (la madre) cuida de que los guisos se elaboren con el mimo de siempre. La otra Dulce (hija) se mueve con agilidad entre la cocina y el comedor, haciendo de correa de transmisión y cuidando de que todo funcione como un reloj suizo.
Solo se sirve un turno por servicio y exclusivamente con reserva previa, con lo que se evita la masificación, los imprevistos y los agobios, consiguiendo que todo -el viaje, la comida, la sobremesa, y un recomendable paseo por las inmediaciones entre los libres animales de granja- se convierta en una experiencia difícil de olvidar.
No hay carta, pues todo se reduce a media docena de especialidades de la casa, pero no tema, que la cuenta difícilmente supera los veinte euros por comensal, exclusión hecha de la bodega que sí se refleja en una cuidadísima carta en la que -lejos de los lugares comunes y el marquismo comercial- se prima la singularidad y la mejor relación calidad precio.
No menos sorprendente resulta comprobar que la humilde ensalada que acompaña las carnes se ennoblece con excelsos aceites de oliva y perfumado y auténtico aceto balsámico de Módena, síntoma inequívoco del cuidado que se pone en la elección de todos los ingredientes.
Prueben para comenzar el surtido de tortos de maíz: finos, crujientes, ligeros; cubiertos de emberzau (que decliné probar por sobradamente conocido  pues uno de sus habituales proveedores es la carnicería Cuadriellu de Arriondas donde suelo surtirme de tan singular y deliciosa morcilla); también di por examinado el picadillo, pues con posterioridad tendría ocasión de probar el producto de la matanza en la contundente y paradójicamente finísima fabada, y elegí, por más novedoso, el de bacalao ahumado y cebolla confitada del que me sorprendió la frescura y agradable contraste de la combinación..
Arroz con pituEl “pitu”, de carne prieta hecha con tiempo y buena crianza, conserva su textura jugosa y todo su sabor que comparte con un arroz corto y grueso que lo absorbe con intensidad, suelto, un poco meloso al gusto asturiano, pero al que ni el levantino más exigente podría poner una mínima objeción.
El cabrito, tierno y bien adobado, guarnecido por unas deliciosas patatas fritas es otra muestra de esta cocina, tan sencilla y honesta como exquisita, auténtico goce para golosos.
El exquisito arroz con leche tradicional, o unos etéreos frixuelos rellenos, (en esta ocasión de crema de queso y toffe) pueden ser el broche ideal para cerrar una experiencia  que deja ganas de repetir.
Ah¡ Y si van a cenar y les apetece quedarse, en la planta superior se han habilitado cinco tranquilas y acogedoras habitaciones, para disfrutar de un silencioso y reparador descanso.