Lo más aburrido de los banquetes son los discursos y lo más emotivo son los brindis. La gastronomía se viste de domingo y alcanza  sus cotas más sublimes cuando alguien levanta su copa y pide a los compañeros de mesa que beban a la salud de un presente o de un ausente, por la realización de una idea, por la arribada de un barco, por la culminación de una aventura.

El brindis es un género literario algo teatral, que se nutre de la arenga y también de la homilía; el que brinda tiene un poco de general y un ramalazo de obispo y los que escuchan y participan de la ceremonia vitivinícola se convierten en un ejército y también en una feligresía y, a partir de entonces, serán hermanos de vino, primos de brindis, parientes de buenos deseos, camaradas de cuchipanda, cómplices de desmesuras.
El prestigio del vino, el intríngulis de su buena fama, radica en las propiedades mágicas y religiosas que atesora en su interior, en ese poso milenario que tienen todas las botellas dentro, incluso las botellas de vino joven o del tinto peleón y canalla que expenden en las tabernas. Noé cogió una cogorza de muerte con un vinillo del año, y a partir de ese momento no volvió a ser el mismo; el vino y el brindis al sol le cambiaron el carácter mucho más que el agua y la ventolera del diluvio, porque hay que saber beber, sobre todo si tienes que conducir un arca cargado de ganado hasta los topes y estás perdido en la tormenta. Jesús y sus compañeros de infortunio  cenaron por última vez en el figoncito de un amigo, y cuando el camarero les preguntó qué vino iban a beber, Judas contestó: “el de la casa, el de la casa”, porque no en vano era el encargado de las finanzas y había que mirar por los dineros de la traición; o sea por el denario de plata que ya tenía el Iscariote a buen recaudo, guardado en la faltriquera. Los finales de estas historias son sobradamente conocidos: Noé llegó con el bergantín maltrecho y el pasaje hecho unos zorros y Jesús, a los postres, levantó su copa -el Santo Grial, que después buscaron por todos los caminos del mundo los caballeros del Rey Arturo- y brindó por el futuro y les rogó que se acordasen de El por los siglos de los siglos y todos lo hicieron con entusiasmo y un poco de tristeza, porque, al margen de las cuestiones religiosas y sagradas, eran un grupo de jóvenes que tenían que hacer frente a la balasera del gobierno, a los abusos del poder.
Todos los brindis se parecen un poco porque están cargados de buenos deseos, de esperanza en el futuro, de bellas palabras. El vino y el lenguaje se unen en una liturgia solemne que a veces es desmesurada y excesiva, porque el homenajeado no es tan listo, ni tan bueno, ni tiene tantos méritos. Lo que se celebra casi siempre en los banquetes con brindis es el éxito o la victoria, y lo que allí se dice se sabe que el viento lo barrera tarde o temprano. Nadie ha publicado jamás una colección de sus brindis completos, ni se ha editado nunca el libro “Los cien mejores brindis de la lengua castellana”. Al brindador se le perdonan sus excesos porque le guía la amistad y la ocasión es propicia, porque habla él y también habla el vino y lo que dice lo dice a favor de alguien o de algo; el brindador dice y dice bien porque bendice. El brindador levanta su copa y grita ¡viva! y si gritase ¡muera! él no sería un brindador y sus maldiciones no serían un brindis, porque no existen brindis en contra de alguien o de algo, ni bendiciones con agravio de tercero en discordia.
Hay brindis para todas las ocasiones: el de la sala de banderas o de exaltación de los valores patrios; el nupcial también llamado el “¡que se besen, que se besen!”; el brindis triste de las despedidas de amor; el brindis obsceno de la despedida de soltero y el autobrindis o brindis sin motivo, solitario, amargo, patético; o sea el ¡viva yo! que se dicen a sí mismos los que no tienen a nadie con quien beber, los que no tienen a nadie que brinde por ellos.

José Manuel Vilabella