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«La impecable cocina, la imperecedera belleza del local y la delicadeza en el trato, se conjugan en un equilibrio armónico que hace que uno salga por la puerta seguro de que va a volver.» («Guía para comer bien en Asturias». Ediciones Trea, junio 2002)
Disculpe el amable lector la autocita, pero este párrafo, con el que finaliza el artículo que sobre esta casa incluyo en el libro de referencia, se me vino inmediatamente a la memoria cuando presencié hace unos días como una joven pareja que había ocupado una mesa próxima a la mía durante la comida, se despedía a la puerta manifestando su satisfacción y expresando con sincera convicción un «…es la primera vez que venimos, pero volveremos más veces».
Y cuando vuelvan «me baso en el antiguo conocimiento que tengo de esta casa- no sentirán esa sensación tan frecuente por la que el deslumbramiento de la primera vez, pasado el efecto sorpresa, genera una cierta desilusión. Sentirán cada vez, que son recibidos por María Jesús con la misma calidez y atendidos con tal amabilidad y eficacia, que pareciera que no hay más clientes que ellos en el comedor. Tampoco la cocina dirigida por Luis Alberto  les deparará más sorpresas que las variaciones que experimente la carta con el cambio de estación, y es que si hubiera que elegir una sola palabra para definir este clásico restaurante ovetense es «regularidad». Y cuando digo clásico no entienda el lector el término en su acepción de antiguo, que lo es, o anclado en un estilo, si no como modelo o referencia durante tres generaciones desde que se fundara en 1924 como casa de comidas y merendero en El Cristo. Sin renunciar a las raíces tradicionales, reflejadas en la carta por la inevitable Fabada Asturiana (ligeramente domesticada para su mejor digestión), la sempiterna merluza a la sidra (marca de la casa convenientemente puesta al día) o los tradicionales arroz con leche, casadielles y frixuelos, estos en su versión particular de la casa rellenos al orujo de manzana, Luis Alberto investiga y aplica las técnicas más innovadoras, a una cocina moderna pero madura y ponderada, sin estridencias ni exhibicionismos gratuitos, tras la que se adivina mucho oficio y conocimiento.
Sean unas delicadas croquetas de queso de Cabrales de crujiente costra que envuelve un sutil pero evidente aroma de queso, o los originales y crujientes caramelos de morcilla con salsa de cerezas con un agradable postgusto levemente alcohólico; la frescura de una finísima sopa fría de tomate con helado de aceite de oliva, muestra evidente de creatividad, o la sencillez de  un aromático y sabroso huevo con trufa, no queda lugar para la sorpresa, no hay altibajos ni brusquedades; todo aparece natural y sencillo como las piruetas de un acróbata.
La humildad de una sardina -en lomos sobre cebolla o tomate confitado cubierta de queso parmesano- transformada en exquisito manjar, la sencillez de un calamar desnudo en la plancha, apenas velado por el aceite dorado sobre el que contrastan verdes briznas de perejil, la delicadeza de unas vieiras a la plancha con salsa de trigueros o la suculencia de un lomo de mero asado al estilo tradicional sobre una cama de patatas panadera, comparten el común denominador de un punto de cocción extraordinariamente equilibrado; tan ajustado en el fiel de la balanza que nadie podría afirmar que esta demasiado crudo ni demasiado cocido.
Un jugoso medallón de rabo de buey deshuesado con puré de patata trufado, donde se saca buen partido de la suave gelatinosidad de la pieza, sirve para manifestar la entidad de las carnes e invita a repetir visita en la inminente temporada otoñal donde las carnes, particularmente las de caza, y las setas, cobran buena parte del protagonismo acompañadas de alguno de los caldos de la importante y surtida bodega.
Tras el postre, bien hayan optado por alguno de los clásicos citados o alguno de mayor sofisticación como el mascarpone con helado de frutos del bosque y gelée de almendra amarga o el bizcocho de chocolate y nueces con helado de chocolate, no renuncien al café; aromático y espeso, que aún acompañarán de una última cortesía.