CaricaturadeJulioCambaporLuisBagaria19281copia

por José Manuel Vilabella

He estado, estos últimos meses, buscando a Camba desesperadamente; lo busqué como un obseso, como un loco. ‘Me voy de peregrinación’, le dije a mi mujer hace tres meses y ella, que es una santa, sonrió con dulzura y me preguntó: ¿Te vas, amor mío, a ganar el jubileo con algo de retraso? No, no, desconfío de los dioses con mayúscula y ya sólo creo en la literatura y en sus diosecillos sin entorchados; Cervantes y Shakespeare me dan miedo porque soy un devoto raro, un feligrés sin aspiraciones ni aires de grandeza. Julio Camba es un escritor menor, un santo olvidado que pocos leen; los jóvenes desconocen su obra, los gastrónomos le citan sin haberlo tratado y el firmante lo desvalija sin mayores miramientos. Salgo de mi lujoso domicilio (soy rico por casa) con la luz del alba, mi propósito es llegar a Madrid sin prisas para seguir los pasos del difunto, hacer amistades y conocer gentes; me meto en el bolsillo algo de dinero, una tarjeta de crédito y ‘La casa de Lúculo’, el único libro de don Julio que no está formado por recopilación de artículos y que hoy es la biblia de los comensales exquisitos y empiezo la peregrinación, la cruel caminata por rutas secundarias, por carreteras con poco tráfico.

A los tres días peregrinos y mendigos igualan el uniforme y la condición, la roña nos quita el brillo a los elegantes; la lluvia y el frío, las penalidades y el hambre no entienden de clases sociales. Soy uno más en ese retablo variopinto que puebla los caminos: el clérigo loco, el viajante de galletas maría venido a menos, el pedicuro itinerante, el rapsoda a domicilio. Con unos converso y de otros desconfío y me hago pasar por británico; mi perfecto inglés, de Oxford, naturalmente, desconcierta a la plebe. Trato de adoctrinar al que no sabe, concretamente al mendigo de oficio, Fructuoso Solenilla, y el inculto caballero no sólo rechaza mis parlamentos sino que lo hace sin ninguna etiqueta y grita como el demente que seguramente es: ‘¡Vete al carajo, erudito de mierda!’, en el momento que trato de explicarle que Camba ya se ganaba la vida como articulista a los dieciséis años cuando, emigrado, anarquista y bailarín de tangos, perseguía a señoritas rubias por las calles de Buenos Aires.
A orillas del Pisuerga la tonadillera Rosarito del Pulgar, que conoció mejores tiempos, me permite que le coloque un discurso y me invita con voz insinuante: ‘Don José, desahóguese; haga conmigo lo que estime menester’ y yo me aprovecho y le cuento con todo detalle las peripecias de Camba en Buenos Aires, cómo regresó a España deportado, pobre, vencido. Cuando le murmuro al oído a la tonadillera metida en carnes que Mateo Morral, el anarquista que arrojó el 31 de mayo de 1906 una bomba camuflada en un ramo de flores desde el segundo piso de la casa número 84 de la calle Mayor que casi mata a Alfonso XIII y se llevó por delante a más de treinta vecinos de Madrid, Rosarito, desnuda sobre la hierba, coge mi mano, la coloca entre sus enormes muslos e inquiere con cierto interés: ‘Don José, ¿y qué demonios tuvo que ver Camba con ese trágico asunto?’.Un servidor, en cueros vivos, la abraza con pasión y la abarca con evidentes dificultades y le confiesa, entre gemidos, arrumacos y excitaciones varias, algo que no esperaba escuchar la eximia cantante, una revelación que interrumpió el regodeo, terminó de raíz con el clímax amatorio e hizo que doña Rosarito se estremeciese, sí, pero de terror: ‘La documentación que portaba el cruel asesino y que le permitió burlar la vigilancia era, pásmate, el carnet de prensa de Julio Camba’. La tonadillera abrió los ojos, se llevó demudada la mano a la cara y dejó caer un ¡Ah, qué espanto!, que sonó como un cuesco de pobre y brilló como un relámpago. El encanto se había roto, nos cubrimos otra vez con nuestros harapos y continuamos el peregrinaje.
Llego a Madrid y me hospedo en el hotel de siempre, el Ritz. El bueno de Florencio, el recepcionista, casi no me reconoce y cuando al fin lo hace pregunta sin inmutarse: ‘¿La suite de siempre?’ Mi sastre me provee en un periquete de trajes, camisas y gabanes. Vuelvo a recuperar mi imagen impoluta, a ser el caballero de fina estampa, el dandi de sienes plateadas.
Antes de seguir quiero dejar una nota a pie de página. Julio Camba era un santo, sí, pero tenía sus defectillos, pecadillos menores que reconocemos con resignación sus devotos. Don Julio era antipático, gorrón, egoísta, desconsiderado, gruñón, malhumorado, de trato difícil y variable y bastante tacaño. Si como escritor es de una brillantez que apabulla y a él se le atribuye, y con razón, la invención del nuevo periodismo, de la columna moderna, como persona, ay, dejaba el difunto mucho que desear. De viejo, y después de una existencia preñada de trabajos, banquetes, viajes y amoríos, vivía en el Hotel Palace, en la habitación 383, un cuarto de 18 metros cuadrados y un amplio baño donde atesoraba amontonados libros, papeles, cartas y botellas vacías. La factura la pagaba el viejo March, el banquero; dicen que lo tenía en nómina para poder charlar con él sin que el genio se cabrease. A la caída de la tarde Camba bajaba al salón de lectura y de fumadores, lo que hoy es el Salón Camba, y dejaba la mirada perdida, se marchaba a pasear al infinito. La anécdota, repetida hasta la saciedad, refleja su situación penosa: cuando algunos amigos académicos vinieron a ofrecerle un sillón en la Real Academia él les contesta con cierto desdén y una pizca de tristeza: “Ustedes vienen a ofrecerme un sillón y lo que yo necesito es un piso”. Murió solo y abandonado. Lorenzo Goñi, su ilustrador y amigo, me contó que Belmonte y él llegaron los primeros a verlo al hospital y lo encontraron de cuerpo presente. El cadáver estaba sucio, lleno de mocos, nadie le había atendido, era un difunto desaseado, a la deriva. Belmonte, que padecía una dolencia similar a la del escritor, lo mira espantado. ¿Aquello es la muerte?, se preguntó, acaso, el torero que la había visto pasar tantas veces rozándole la taleguilla. Un mes después se da un pistoletazo. ¿Entre una muerte y otra hay alguna relación? Goñi pensaba que sí, que la estética del horror había tenido algo que ver con el suicidio del diestro.
El santuario de Camba, su último reducto, digamos que su capillita, está hoy en Casa Ciriaco. La centenaria taberna de Madrid sigue en el mismo sitio de siempre, en la calle Mayor 84, el lugar del atentado de Morral y el lugar donde comienza Max Estrella, protagonista de Luces de Bohemia de Valle Inclán, su trágico periplo nocturno. Allí comió don Julio y hoy está por las paredes en dibujos de Mingote y en uno de sus comedores la peña ‘los amigos de Camba’ celebra cada mes su homenaje al escritor y se zampan un cocido en su honor. El dueño de la célebre taberna, don Godofredo Chicharro García, es un septuagenario solterón y monárquico, taurino y alabardero de honor de la guardia real. Don Godofredo es simpático, bromista, sentimental; lleva la chaquetilla blanca con estilo y conoce a Juan Carlos I desde que era un príncipe sin funciones y acudía con sus amigos a tomarse unos judiones con perdiz y unas berenjenas fritas. De Camba lo sabe todo: “un día casi me da un bastonazo porque le llamé Julio Gamba”, recuerda con cariño. “Don Julio, ¿sabe usted?, tenía muy mala leche”. Don Godofredo administra la bomba y su historia, es la memoria viva y pone, cada 31 de mayo y de su bolsillo, una corona de laurel en el monumento levantado enfrente de su negocio y se lleva tan bien con la Familia Real que juega, cada viernes, una partida de cartas con don Leandro, el bastardo de Alfonso XIII.
Recorro a pie la calle Mayor y proyecto un plan de urgencia que tiene sus riesgos. Quiero conocer la habitación 383 del Hotel Palace y ver ‘con mis propios ojos’ la habitación del santo. Pero, ¿cómo hacerlo? Es posible que esté ocupada o que algún empleado me impida echarle una simple ojeada al santuario; deben de estar hartos de que peregrinos, gastrónomos, mitómanos y frikis de toda condición lleguen con semejante embajada. Con mi pinta impecable y la elegancia natural que me ha dejado el tiempo no tendré ninguna dificultad en colarme, digo para mi coleto para animarme; pergeño el plan perfecto, pero ¿y si sale mal? Puedo dar con mis huesos en la cárcel, pueden tomarme tan ricamente por un elegante ladrón de hoteles. Cuando caminaba a buen paso por la Puerta del Sol haciendo cábalas no sabía que no levantaría sospechas en el personal del hotel, llegaría sin ninguna dificultad ante la habitación de Camba y llamaría a la puerta con los nudillos. Un cantarín ¿quién es?, sonaría al otro lado del tabique y una señora con los rulos puestos abriría la puerta. Era una señora bajita, gorda, simpática, sonriente, viuda, rica y de Albacete. Le dije sin tapujos mis pretensiones: ‘quiero entrar en su habitación, sólo me guía mi admiración por Camba’. Ella me observó con curiosidad, musitó un “no sé si debo, caballero” y después de un momento de duda me dejó pasar.
Habrán leído ustedes en la prensa el extraño suceso. A las cuatro de la mañana del viernes, 25 de enero, un ¡Viva Camba! se pudo escuchar en los aledaños del Congreso. Dicen las crónicas que fue un viva vibrante y ensordecedor, triunfal. Algunos dicen que el eco de aquel viva se echó a andar, autopista adelante, hasta llegar como una brisa a la isla de Arosa, patria del difunto. Ya se habla de un milagro y en el café Gijón han pensado, algunos devotos del escritor, colar de rondón a don Julio en el martirologio romano.