Hay que ser un héroe para seguir practicando el horrendo pecado de la gula; es necesario ser muy aficionado a la buena mesa para que la gente diga de uno que se refocila en el desorden y pone en peligro su vida eterna por un solomillo de más, por un exceso a la hora del desayuno o una cena desmesurada. Ni siquiera los tragaldabas vascos, los del mismo Bilbao, dan la talla y ya nadie se come todos los pajaritos.
En la época de la posguerra la gula en lugar de un pecado era una aspiración y precisamente ahora, que se podría aplacar como Dios manda el hambre de siglos, se ponen de moda los menús cortos y estrechos, el comer moderadamente, las raciones de supervivencia. Con la gula no terminó la templanza que era su enemigo natural, su álter ego vestido de primera comunión; con la gula terminó la dietética y, sobre todo, la estética. Aquí se sigue pasando hambre pero ahora es por mantener la línea y controlar el colesterol, para evitar el michelín y el infarto, para parecer más joven, más sano y más feliz. La gula y la lujuria que eran pecados muy entretenidos se han sustituido por pecados sociales aburridísimos, pecados que no tienen ningún prestigio: el estar gordo, el quedarse calvo, el haber nacido bajito, el horrible delito de ser culibajo, la espeluznante falta de ser ancho de caderas, el imperdonable error de ser barrigón. Dios castiga los nuevos pecados sin piedra ni palo, y los castiga, además, sobre la marcha y con una pizca de ferocidad. Al que se desmande le manda arrugas volanderas, de esas que salen hoy en la comisura de los labios y mañana subrayan nuestra frente; patas de gallo que nos ponen quinquenios de un día para otro, que nos hacen viejo de la noche a la mañana; celulitis que transforma en un periquete nuestro cuerpo de Adonis en un body impresentable de señor fondón. Cuando no refrenamos las pasiones de la carne Dios nos manda descolgamientos, flaccideces, barrillos, lunares peludos, bolsas de grasa, papadas. Antes el pecado se pagaba al final del trayecto pero ahora las infracciones se abonan en el acto y con el veinte por ciento de recargo. Alguien dijo que a partir de los cuarenta todos tenemos la cara y el cuerpo que merecemos y si somos gordos algo habremos hecho  y debemos pagar por ello. Los gordos caen gordos a la guapa gente y a la gente guapa y, sobre todo, se caen gordos a sí mismos. Los gordos tienen mala conciencia por su gordura y ya ni siquiera les queda la alegría de los gordos de antes. Nadie odia la gordura como el gordo; nadie sabe tanto de las miserias de la abundancia como los obesos, nadie está más encarcelado que el que vive rodeado de su propia grasa, metido en la celda de su anatomía, enclaustrado en su Carabanchel personal e intransferible.
Me gustaban más los pecados de antes. La gula y la lujuria eran pecados de daba gozo verlos y se pasaba muy bien practicándolos o hablando mal de ellos. Los españoles siempre hemos tenido vocación de amantes y de gastrónomos; hemos soñado con hacer el amor con señoras maravillosas y con comer hasta quedar ahítos; las orgías y las cuchipandas del español enflaquecido por las hambres seculares y la castidad obligatoria eran un prodigio de fantasía, de creatividad, de inventiva. Se pecaba poco, pero sobre todo se pecaba imaginándose que se pecaba; se transgredía heroicamente la ley, se quedaba uno ensimismado como un tonto y se iba por los cerros de Ubeda a cometer excesos tan ricamente, a comer como un francés, a seducir señoras como un italiano. No hay nada como la santa infancia para imaginar insensateces y ahora que soy un señor respetable que come moderadamente y hace uso del matrimonio como un burgués acomodado, me acuerdo de aquella lujuria feroz de mi juventud y de aquella gula desatada de mi infancia que me hizo antaño tan feliz, porque servidor se hizo un gastrónomo en los años del hambre, cuando para sobrevivir uno habría vendido su primogenitura, pero eso sí, al contado, por un plato de lentejas con chorizo.