España está revuelta, de los nervios, por las próximas elecciones. La gastronomía, que es muy suya, proclama hasta la saciedad que es apolítica, pone cara de no haber roto un plato y me asegura, mientras me mira con ojos tiernos, tratando sin duda de seducirme, que en el colectivo de las viandas hay libertad de voto y que en los comicios próximos cada una escogerá al candidato que estime oportuno. Y yo, que soy un escéptico, no la creo, desconfío y la miro con aire burlón.
La gastronomía que yo trato es una señora estupenda porque para eso servidor es un reputadísimo crítico gastronómico. La coquinaria española, como tiene con el firmante relaciones íntimas, se cree que es una amante que puede mangonearle a su antojo. No, qué va, este severo crítico no se deja seducir por sus arrumacos deshonestos y aduce, con datos en la mano, que el caviar, el jamón de pata negra y el champagne votan a las derechas y que los garbanzos y las lentejas son partidarios de la revolución y se inclinan por el anarquismo radical. Juraría, incluso, que son del 15M, que militan en Podemos. España es una nación de mil cocinas y de varios millones de ideologías porque cada español es devoto de la cocina de su pueblo y de la fabada de su mamá y cree que los problemas que nos acucian y acobardan, sólo él, en persona y en exclusiva, puede solucionarlos.
Lo del caviar y las lentejas está claro. Pero ¿a quién vota el chorizo? Rajoy reclama el chorizo para sí mientras que el presidente astur me decía el otro día que el chorizo, el de Cantimpalo, es íntimo suyo, que pone por él la mano en el fuego y Llamazares, cuando le fui con el cuento, se puso como una fiera y me preguntó con retintín: ‘A ver, listillo, ¿a quién vota el chorizo criollo?’. Es verdad, caramba, el chorizo es un informal, un chisgarabís, un señor sin criterio que no sabe, no contesta, de esos que se van con los de la feria y regresa con los del mercado. El chorizo, como lleva faja y gabardina y tiene fama de trincón es la gran incógnita de las próximas elecciones. En su mano está el futuro de la patria y, sobre todo, de esta Asturias a la que tanto quiere y que tanto me quiere. A mí el chorizo me saca de quicio, me cabrea, le acuso de ladronzuelo y se queda impávido, se ríe; nada en su jeta denuncia lo que lleva dentro y eso que yo lo analizo, lo maltrato, le agredo, lo rajo con violencia. El chorizo siempre miente. Ni su sabor ni su aspecto lo delatan. Tiene que comparecer en la mesa y en la urna avalado por alguien discreto; por un comensal que jure por su madre que el chorizo aquel es de toda confianza.

José Manuel Vilabella